Anoche heló fuerte. Me desperté a las cuatro de la mañana con el frío calándome los huesos. Ya no aguanto el invierno como antes. Tuve que levantarme a echar más leña al fuego y después no pude volver a dormir.
Desde la ventana vi las estrellas tan claras como nunca. Acá arriba, a casi cuatro mil metros, el cielo parece más cerca. Hilda dice que las estrellas eran los ojos de los que ya no están, que nos miran desde arriba para asegurarse de que estamos bien.
Los días se acortan
El invierno acá es duro. El camino se pone malo y a veces pasan semanas sin que llegue nadie al pueblo. Antes me daba lo mismo, pero ahora me pone un poco nervioso. ¿Qué pasa si me enfermo? ¿Si me caigo?
Mi hijo mayor me mandó un teléfono satelital. Lo tengo guardado en la cocina, todavía en su caja. No sé bien cómo usarlo, pero está ahí por si acaso.
Don Julio, el vecino de la chacra del lado, pasa todos los días a verme. Tenemos un acuerdo silencioso: si no salgo a saludarlo, viene a tocar la puerta. Así nos cuidamos entre viejos porfiados que no queremos bajar a la ciudad.
La verdad es que no me quiero ir. Aquí nací, aquí me casé. Mis huesos conocen esta tierra. Cuando me toque partir, quiero que sea mirando estas montañas.
Pero hoy no es día de pensar en eso. Hoy hay que arreglar el techo del gallinero que se está filtrando. La vida sigue.
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